Querida mini-yo:
Es domingo. Se supone que tendría que estar haciendo las típicas cosas de un domingo: despertarme tarde, leer, escuchar música, pasar el día con mi familia, ver películas tontas y prepararme para el fatídico lunes. Pero hoy es diferente.
Me estoy dedicando a recordar. Sí, lo que lees. Recuerdo su rostro lleno de arrugas en el que destacaba una gran sonrisa que elevaba sus mejillas y achinaba sus ojos. Recuerdo la forma en la que subía sus gafas por el puente de su nariz y cómo miraba ese reloj con la correa de cuero negro que siempre llevaba en su muñeca derecha.
Recuerdo los trabajos que mandaba, que se tenían que presentar en una carpeta de forros y tenían que tener sí o sí quince hojas escritas a ordenador en Arial 14. Siempre me había gustado la forma en la que pasaba las hojas de un libro, con sumo cuidado, casi pidiendo permiso para aventurarse en las letras allí escritas.
Su pasión eran los exámenes orales y lo peor que podías hacer era tartamudear.
Tal vez ya no esté en el colegio, pero siempre será mi profesora, esté donde esté.
Hoy es domingo, pero no me gusta. Ayer se fue sor Inmaculada y no me pude despedir. Espero que lea esto como mi última carta. Dentro de unas horas iré a ver su cuerpo, pero sé que ella no está ahí. Me ha dejado, pero le espera lo mejor por una vida tan plena y servicial.
Igual que hoy la recuerdo, así lo haré todos los días. Recordaré a esa mujer tan innovadora en su tiempo que me enseñó a amar la vida y a ser yo misma, que consiguió su doctorado en Teología hace cuestión de meses porque no era capaz de estarse quieta.
Recordaré sus ojos, sus dedos temblorosos, sus besos en la mejilla, sus palabras siempre adecuadas.
Y espero, querida mini-yo, que tú la recuerdes tanto como yo. Sé que no caerá en el olvido; no lo permitiré.
Con el corazón a rebosar de lágrimas,
Una chica del mundo real.




