La leyenda de la luna

Cuenta una leyenda de un lugar remoto que hace tiempo la luna era completamente redonda, no como la conocemos ahora con sus fases lunares. Y, como toda historia, surge del amor.

Para Mateo todos los días eran iguales: siempre miraba a Alicia desde las sombras, contemplaba sus delicadas facciones, su reluciente pelo rubio que caía en cascada por su espalda, sus preciosos ojos verdes enmarcados por unas finas pero infinitas pestañas. Para él, todo ello era ya parte de su rutina diaria: observaba fascinado la belleza que ella derrochaba, estuviese en el mercado o en mitad de la plaza en un festival. Mateo lo mantenía en secreto, hasta que un día tomó fuerzas de valentía y decidió confesárselo.

- Alicia – se acercó tímido a ella, que le miraba confundida, y sus amigas se alejaron -, ¿qué me dirías si te revelase que te quiero?
- Mmm – se quedó ella, pensativa -. Seguramente te dijese que me lo tienes que demostrar.
- ¿Demostrar? ¿Y cómo? ¿Con un beso?
- Un beso es poca cosa, Mateo. Todo el mundo puede dar un beso. – Tras una breve pausa, continuó hablando – Consígueme la luna – contestó, decidida, antes de echar a andar hacia donde se habían reunido sus amigas, dejando a Mateo con sus sentimientos entrecruzados y más confuso de lo que ya lo estaba.

Pasaron los días, y Mateo seguía pensando en las palabras de la niña.
¿Cómo conseguiría demostrarle su amor? Ni que pudiese alcanzar la luna, aunque se subiese a la más alta torre de la villa.

Los remordimientos de no llegar a ser demasiado para Alicia le carcomían por dentro, hasta que una noche decidió salir a dar un paseo para aclararse las ideas. Sin apenas darse cuenta, llegó a las lindes del bosque, por el cual siguió andando hasta que, agotado, decidió trepar un árbol y sentarse en una de las ramas más altas de éste.

Su mirada se dirigió al cielo en busca de
la luna redonda que siempre estaba ahí, recordándole lo tonto que era el no poder conseguir con éxito lo único que le pidió Alicia; sin embargo, esta vez las nubes tapaban la luna hasta tal punto que no se llegaba a vislumbrar.
Mateo suspiró, abrumado. No notó los movimientos generados en la rama en la que estaba sentado hasta que no notó la presencia de una chica de tez blanca como la nieve que parecía brillar, grandes ojos negros llenos de felicidad y liso pelo azabache que le llegaba a la cintura.
- ¿Quién eres? ¿Cómo has conseguido subir?
- ¿Acaso no me estabas buscando? – su voz era suave como la seda y tenía un tono tan dulce como la miel.
- ¿A ti? ¿Yo? – Mateo cada vez estaba más confundido -. ¿Por qué piensas eso?
- Mirabas al cielo en mi búsqueda, como haces cada noche. Me gusta que la gente me observe, y tú eres el que más afecto me tiene, y ese sentimiento es recíproco. Pero desde hace unos días lo haces con una mueca de tristeza que me afecta tanto que no puedo brillar ni la mitad de a lo que acostumbro. ¿Qué te ocurre?
- ¿Cómo se sabe si en verdad quieres a alguien?
- Piensa en cómo me miras cada noche – contestó Luna -: esa mirada de anhelo, felicidad… Eso es amor. ¿Por qué lo dices?
- Estoy hecho un lío. No sé si conoces a Alicia, pero es la niña más bonita de este mundo, aparte de ti, claro, y el otro día le confesé mis sentimientos pero me dijo que eso no la bastaba, que quería que te llevase conmigo para regalarte a ella. Pero eso no es posible, quiero que sigas brillando cada noche, alumbrando el cielo nocturno y haciendo relucir las estrellas, guiándome. Me sentiría fatal por ello, pero a la vez quiero que ella me quiera. ¿Qué debo hacer?
- Es muy simple Mateo – contestó Luna -: cuando mires a alguien tal cual me observas cada noche, sabrás que estás enamorado. Ahora mismo lo que sientes por ella es tan solo deseo debido a su belleza. Tal vez ahora no lo entiendas, pero lo comprenderás justo en el momento correcto. Ten – hasta entonces, Mateo no había visto la flor bella de cristal que Luna sostenía en su mano -, guárdala y dásela a la persona correcta en el momento justo. No tendrás dudas, sabrás cuándo y a quién. Y verás cómo esa persona te corresponderá por siempre. - Luna se acercó a Mateo y depositó un ligero beso en su mejilla mientras le ofrecía la cristalina flor y la depositaba en su regazo. Momentos después, tal cual había llegado, desapareció.
Mateo reflexionó, y sin más preámbulos, se dirigió a casa de Alicia, que le recibió confundida.
- Mateo, ¿qué haces aquí? ¿A estas horas?
- ¿Recuerdas cuando te dije que te quería, y que solo accederías estar conmigo si te regalase la Luna? – Alicia asintió, pero Mateo seguía con su relato -. Te doy las gracias. Gracias por hacerme pensar y haberme dado cuenta de que no eres tú a quien busco, y no te mereces la Luna bajo ningún concepto.

Sin más aviso salió corriendo, de vuelta al bosque, dejando a Alicia apoyada en el marco de la puerta de su casa, observándole marchar, tal vez por última vez.

La siguiente parte de la historia es muy confusa: unos dicen que Mateo volvió al árbol y llamó a Luna para ofrecerle la flor del amor y declararle ese sentimiento, pero que para estar juntos él debía hacerse parte del cosmos, a lo que accedió sin reparos, y que, para mostrar su amor, la Luna le cedía durante un tiempo parte de ella para pasar la noche juntos observando la tierra en la que Mateo había crecido y conocido a Luna. Otros dicen que, en su carrera por el bosque, una bestia mató a Mateo y que Luna, desconsolada y triste, bajó por él y se lo llevó al cielo con ella, y que, debido a su honda tristeza y como muestra de luto, durante unos días dejaba su luminosa esfera blanca para expresar sus sentimientos.

Pero, como toda historia, es el lector el que marca el final, ¿no es así?