Llueve

Llueve.

Las gotas de lluvia salpican los cristales de las ventanas. Parece que están llorando.

Llueve.

Los truenos se asemejan a llantos, y los relámpagos van a la velocidad de los recuerdos pasando por mi mente: esa mirada, aquellas dulces palabras que me enamoraron con el paso del tiempo, esa sonrisa... Dios, cuánto lo añoro. Sobre todo esas tardes como la de hoy, los dos corriendo por mitad de la calle con el semáforo en rojo y el agua empapando nuestros zapatos mientras las risas consiguen disminuir el sonido de las bocinas de los coches.

Sigue lloviendo.

Las nubes grises son la metáfora de cómo la soledad se ríe de mí y mi ingenuidad.

Llueve con más fuerza.

Me arrastro como una brillante canica por una oscura cloaca. ¿Me estaré volviendo loca?

La lluvia se intensifica hasta límites increíbles, como mi locura en estos momentos. ¿Dejaré llevarme por el viento algún día?

Por ahora ni las hojas que hay por el suelo son levantadas por la brisa; en realidad, se mojan de falsas esperanzas y deseos sin cumplir, como mi corazón.

Llueve...