Hay una línea delgada, muy fina, difícil de reconocer, entre el amor y el control de quien dice amarte. Nunca pensé que los lazos que nos unían me acabaran atando; terminaran siendo esposas.
Fue en el instituto. Él parecía estar por encima de todo lo corriente, mis compañeras caían rendidas a sus pies y dejaban el corazón en sus manos. Cualquiera pudo ser, pero fui yo la afortunada o eso creí entonces. Él cumplía todas mis expectativas, me llenaba de atención, amor y dulzura. En todos mis planes él quería estar presente, no había espacio que no llenara y resquicio que no buscara para estar conmigo. Los demás nos envidiaban. Lo entendí cuando empezaron a advertirme pero yo supe poner barreras y aparté a los que no entendían nuestro amor.
Los problemas no tardaron en llegar, al principio eran tonterías: "no te pongas esa falda", "no me gusta que te pintes". Luego los gritos. Después el miedo. Mi ángel blanco se había vuelto negro. Un demonio que me ataba. Basta. Ya no latía el corazón, estaba frío. Basta. Volvería a respirar.