Camino por Gran Vía con la única compañía del maremágnum de personas, cada una de ellas con mil ideas diferentes rondando por sus mentes. El semáforo pasa de verde a ámbar para terminar segundos después brillando con el imponente rojo, ese que para todo el tránsito normal de coches y detiene a taxis como si ejerciese una fuerza sobrenatural sobre ellos.
Tanta fuerza como la que me quitas día a día.
Entre todo el ajetreo de sonidos, imágenes y olores, me pierdo de mí misma; mis pies siguen un rumbo sin marcar mientras mis ojos intentan alejar las lágrimas y capturar tal concentración de estímulos.
Pero ninguno consigue que me olvide de ti, y eso me agota.
Llevo días sin poder pegar ojo, pero es que no dejo de pensar en ti: tu mirada clavada en la mía, la blancura de tus apretados nudillos, esa vena que palpita en tu cuello... Me das miedo.
Ayer pensé que moriría, y eso que ni me pegaste como sueles hacer normalmente, pero es que llevo demasiada porquería contenida de la cual no sé cómo librarme.
¿Cómo me libro de ti? ¿Cómo deshacerme de este viaje con destino al desastre?