Querida mini-yo:
Hay momentos en los que, aunque quieras, no te salen las lágrimas de tantas que has derramado. Pero este no es uno de esos momentos porque, por más que quiera, me deshago en lágrimas cada vez que su recuerdo vuelve a mi memoria.
Era única. No solo por su exótico nombre que pensé al tener solo cuatro años mientras veía una de mis películas favoritas por aquel entonces. No solo por su fortaleza en los malos momentos, ni por su desenfrenado amor hacia las pelotas. Era única por cada pequeño detalle que formaba parte de ella, desde sus delicadas orejas hasta sus ojos chocolate.
Mi madre siempre ha dicho que caminaba con aires de realeza; por mi parte, solo podía ver cómo corría cuando le lanzaba un palo, con la lengua fuera y el corazón latiendo con fuerza como si temiese no volver a tenerlo.
Recuerdo cómo se metió entre mis piernas la primera vez, todavía sin saber que iba a ser ella la elegida para ser mi compañera. Se tumbó sobre mis pies, tranquila, y me miró con esa carita suya que ya podría pedirme las estrellas y yo se las daría.
Pensé que estaba preparada para dejarla ir pero me doy cuenta de que estaba muy equivocada. Ahora sé que nunca habría estado preparada. Nunca me había costado tanto escribir, pero se lo debía por todo lo que ha hecho por mi familia, por mí.
Así pues, querida mini-yo, espero que algún día puedas tener la suerte de compartir experiencias con un amigo tan fiel como lo fue Lilo.
Una chica del mundo real.