Querida mini-yo:
Han pasado tantas cosas desde la última vez que hablamos... Tantas que no sé ni por dónde empezar.
Desde entonces, me he visto rodeada de una vorágine de historias y emociones que ni yo misma soy consciente del cambio que ha dado mi vida en menos de un año. Dejé atrás el instituto, ese hogar que en tres años me enseñó que a veces hay que atreverse y lanzarse al vacío porque es ahí cuando uno aprende a volar y se propone su propio rumbo. Un lugar en el que conocí a muchos de mis actuales amigos, que ojalá sigan siéndolo para siemprea; las aulas en las que tantas veces reí -así como lloré-; los pasillos en los que esperaba con ansia a que llegase esa persona. Porque sí, al final llegó. Y es muchísimo mejor de lo que podría haber imaginado. Él es, sin duda, una de las razones por las que me esfuerzo al máximo cada día, porque se merece lo mejor y me dolería en el alma defraudarle.
Pero ahora mi mundo es un pelín más grande y engloba también a Madrid; en concreto, a su capital del sur, como así la llamamos. En tan solo unos meses ha conseguido ganarse un hueco en mi corazón y gran parte de mi vida está allí. Ahora me reconforta el traqueteo del cercanías mientras voy leyendo o el hecho de sentirme una más entre todos esos desconocidos. Solo otra persona más. Porque es en esos momentos en los que me doy cuenta lo insignificantes que podemos llegar a ser, así como todo lo que tanto nos afecta. Como dice mi madre "si se puede arreglar, ¿para qué te vas a preocupar? Y si no se puede, ¿de qué te sirve preocuparte?". Y es que no hay nada demasiado grande para nosotros, y mucho menos si tenemos en quién apoyamos.
Y es que, querida mini-yo, me siento plena. Nunca me había sentido tan bien como ahora. Supongo que por eso me he decidido a escribir una noche como esta, otra fría noche más de enero. Porque ahora este es un nuevo mundo, mi mundo, y es hora de disfrutarlo.
Contigo siempre,
Una chica del mundo real.