Querida mini-yo:
Hoy es un sábado como cualquier otro: me he despertado la última y, tras dar los besos de buenos días, mis pies se encaminaban solos hacia la cocina con el olor del pan tostado y la mermelada de frutos rojos. Sí, lo sé, es muy difícil ser la oveja dormilona y hambrienta de la familia, yo te entiendo.
El resto de la mañana la definiría como "inactiva", porque me he duchado, me he vestido con lo primero que he encontrado en el armario y me he tumbado en el sofá a leer.
Qué buena vida es esta; debería haber más sábados durante la semana, aunque seguramente no me gustarían tanto.
De vez en cuando levantaba la vista para ver a mi padre sentado con su típica expresión seria frente al ordenador mientras mi hermana pequeña (también llamada "el trasto") demolía su casa de Barbies, haciendo más ruido que un elefante en una cacharrería.
Y, como no podía faltar, preparamos un pequeño aperitivo antes de que a mi hermana y a mí se nos ocurriese la genial idea de hacer pizza. Con solo eso tendrías que asustarte, porque:
a) Yo + cocinar = CATÁSTROFE ASEGURADA.
b) Elisa (que así se llama el trasto) + yo + cocinar = BUSCA UN LUGAR SEGURO DONDE PUEDAS ESCONDERTE.
A pesar de que llevábamos
todas las de perder, hemos conseguido con éxito nuestra misión, aunque mi madre hubiese estado a punto de estropearlo todo cuando se le ha caído la pizza al intentar meterla en el horno. Por una vez que cocino y colaboro con Elisa, ¿así pensaba pagárnoslo? Porque me he pensado no volver a tocar una masa pegajosa de pizza en la vida.
Aún así, nos lo hemos pasado genial; incluso ha mejorado la mañana, porque a mi hermana le ha dado un ataque de risa que parecía ir para largo y no hemos podido hacer otra cosa más que reírnos.
Y es en esos pequeños momentos en los que sientes tanta felicidad que te abruma, y crees que la vida no es tan mala como la describen en los telediarios.
Pero, para la próxima, seguro que hago una pizza con la que ni un italiano se avergonzaría de probarla.
Siempre aquí,
Una chica del mundo real.

